Fantasía, deseo y voluntad


    Resulta muy sencillo confundir la fantasía con el deseo, principalmente porque ambos conceptos se refieren a la sexualidad en un contexto dentro del terreno mental. Esta confusión es peligrosa porque nos lleva a creer que deseamos todas nuestras fantasías o que nuestro deseo debe estar siempre de acuerdo con nuestra voluntad, y de esa barahúnda nos surgen angustias y la terrible culpa, que a su vez provocan dramas en nuestra vida sexual y conflictos no sólo con nosotrxs mismxs, sino que también con nuestros vínculos. ¡Se los digo por experiencia! En la entrada anterior –Reconociendo mis fantasías y deseos–, les conté sobre la culpa y la vergüenza que experimenté debido a una de mis fantasías más recurrentes por no tener claros estos conceptos. Para dar continuidad al tema, en este texto quiero compartirles algunas reflexiones que me han ayudado a entender las diferencias entre estos términos, y así renunciar a las pesadas culpas que no me permitían explorar y expresar mi sexualidad de forma libre y placentera.

La fantasía


    Cuando escuchan la palabra fantasía, ¿No se les viene a la mente la peli de Fantasía, con las escobas que inundan la guarida del mago? Sabemos que estas escenas ficticias salieron de la imaginación del maligno Walt Disney y que sólo podemos verlas gracias a la magia del cine. Además, tenemos claro que, por desgracia, no podemos ordenarle a una escoba que nos ayude con las labores domésticas mientras tomamos una siesta. Las fantasías sexuales son eso mismo: un mundo dentro de nuestro imaginario con representaciones mentales de ideas o pensamientos basados en nuestros deseos que pueden estar construidas voluntaria o involuntariamente y que, cómo plantea Freud en sus Tres ensayos sobre la sexualidad, no están destinadas a ejecutarse. Hablamos de excursiones mentales que nos permiten expresar nuestros deseos sexuales, que ayudan a la excitación y al placer. Son, digamos, una escapadita de la monotonía diaria. 

    Somos muchas, muchísimas las personas quienes alguna vez hemos vivido con vergüenza nuestras fantasías, principalmente porque tememos ser juzgadxs por una sociedad que plantea a las fantasías como algo malo, algo prohibido, sinónimo de infidelidades o de perversiones sexuales. Pero lo cierto es que las fantasías forman parte importante de la condición humana y no hay que temerlas ni negarlas, sino que hay que aceptarlas. Hacer las paces con nuestro imaginario erótico tiene un impacto positivo en nuestras vidas. Hacerlo nos puede llevar a un mayor autoconocimiento, a incentivar nuestra creatividad, a estimular y aumentar nuestro deseo, a liberar el estrés y a tener la oportunidad de explorar las situaciones más desenfrenadas que se nos ocurran sin riesgo alguno. El mejor afrodisíaco está en nuestros cerebros, y está literalmente en nuestras manos el gozarlo o seguir condenando nuestras fantasías. 


    Cada que vuelvan a sentir culpa por alguna de sus fantasías, recuerden lo siguiente:
        1. Las fantasías existen para estimularnos y darnos placer. Ese es su propósito. Por lo tanto no tiene  sentido, y mucho menos utilidad, que nos saquemos de onda y nos castiguemos por experimentar dicho placer con nuestra imaginación.
        2. En el mundo de las fantasías no hay reglas. No hay fantasías buenas ni malas, no hay fantasías feministas o menos feministas, no hay fantasías masculinas y femeninas. La lógica, la moral y nuestras creencias no tienen cabida en el terreno de la imaginación. Es muy probable que algunas de nuestras fantasías vayan en contra de nuestros principios, y eso está bien, porque habitan solamente en nuestras mentes. El placer que sentimos deriva de su existencia ficticia, no de su realización.
        3. Aunque estén basadas en deseos, fantasear con algo no quiere decir que de hecho deseemos su realización. Por ejemplo, fantasear con cosharnos a Peña bebé en pleno balcón de Palacio Nacional no siempre querrá decir que de hecho queramos relacionarnos con ese personaje, quizá esa fantasía pueda estar basada en el deseo por un copete bien peinado o en mi fascinación iconoclasta. Y qué mejor manera de atentar contra los símbolos patrios que imaginando como me ponen la banda presidencial como gag

        4. Sólo será necesario poner límites a nuestras fantasías si éstas llegasen a colarse a la realidad para interferir con nuestras vidas o dañar a otrxs por medio de abusos, violencias y falta de consenso. Mientras eso no pase, el único límite es nuestra creatividad.



El deseo


    El deseo, a diferencia de la fantasía, es el impulso que nos mueve o motiva a tener una interacción íntima o erótica con algo o alguien en la vida real. Nos anima a acercarnos a otrxs para facilitar la búsqueda de satisfacción de nuestras necesidades eróticas y/o afectivas, cómo la comunicación, la cercanía, los afectos, la intimidad y el contacto corporal. El deseo, como la fantasía, se construye en lugares de nuestra historia y nuestra mente que la ideología no logra alcanzar. Es un mecanismo muy complejo que comienza a formarse desde la infancia y se va conformando de diversos factores como nuestra posición o imagen dentro  del núcleo familiar y la sociedad. También es definido por nuestro estado emocional del momento, por nuestra identidad y por nuestra manera de relacionarnos. El deseo no se elige ni es fruto de nuestra voluntad. De ahí que podamos oponernos a él sin que esto sea contradictorio.


    El deseo da bases para las fantasías, y a su vez éste se alimenta de ellas. Siguiendo con el ejemplo de la fantasía nacional con nuestro ex presidente: supongamos que esa fantasía se basa de hecho en el deseo por los copetes bien peinados, pero en nuestra fantasía con Peña bebé hay nuevos elementos que la hacen más divertida: el balcón presidencial, el trajecito, el mismo Quique o el hecho de que la gaviota esté observando detrás de una cortina. Estos nuevos elementos que incorporamos a nuestras fantasías podrían volverse un deseo. Quizá comiences a sentir deseo por el cuckold/cuckquean o por las personas que van de traje, pero jamás por Peña Nieto, es más ojalá pronto lo metan a la cárcel.  Con este ejemplo podemos ver que en nuestra fantasía conviven elementos que quisiéramos materializar en deseos, y otros tantos que no. Es decir, que algo sea una fantasía no implica necesariamente que deseemos su realización total, como les conté antes con mi fantasía de violación



    A pesar de que todxs vivimos el deseo, éste es una cuestión súper personal; cada unx lo experimenta de formas diferentes. Podemos sentirlo en mayor o menor medida, sentir vergüenza o vivirlo con naturalidad, decidir explorarlo y compartirlo con otrxs, o manejarlo en solitario vía el autoerotismo, podemos incluso aplazarlo. Lo que no se puede hacer es anularlo, desaparecerlo o cambiarlo. Así es, el deseo tampoco se deconstruye. ¡Sacúdanse la culpa de aquí también! Pretender anular o deconstruir el deseo es muy violento e injusto. Incluso es medio ingenuo creer que podemos librarnos de todos los constructos que no cuadran con nuestros ideales. J. Carlos Fonseca y Maria Luisa Quintero, coautores del artículo Teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades mencionan que “[...] la Teoría Queer, intenta cambiar el sentido de la injuria para convertirla en un motivo de estudio, e incluso de orgullo”. Esta vía de reapropiación me resulta mucho más realista, amorosa y sana que la de pretender modificar nuestros deseos según la agenda e ideario heteropatriarcal, cristiano o, incluso, feminista. 


    Desde la infancia nos enseñan que hay deseos buenos y malos, y que el género determinará que tan libremente podremos explorar o expresar estos deseos. Se nos dice también qué deseos son “normales” o “válidos”. Tenemos que desaprender todo esto porque, sin darnos cuenta, estamos replicando sistemas de control patriarcales sobre nuestra sexualidad que además proyectan frustraciones personales en el movimiento y la lucha feminista. Es mucho más emancipatoria la idea de aceptar y reconocer nuestros deseos que pretender la cancelación o negación de éstos. Todxs tenemos derecho a vivir nuestros deseos de forma respetuosa, segura, sensata, consensuada y placentera. 


La voluntad


    El tercer elemento de este texto es la voluntad, que es la capacidad que tenemos de elegir libremente qué hacer y qué no, determinando nuestras acciones de forma consciente e intencionalmente. Es decir, un acto es verdaderamente voluntario cuando se ejerce sin presión externa, con pleno conocimiento y aceptación de sus consecuencias. La voluntad, a diferencia del deseo y la fantasía, es algo que se manifiesta en la acción y que sí construimos conscientemente; no sólo se puede educar y moldear según nuestros ideales, sino que debemos hacerlo. Quien logra educar su voluntad no está atadx a las circunstancias, sino que se vuelve más libre y tiene mayor control sobre su vida y sobre la dirección que quiere tomar. Podemos comparar a la voluntad con cualquier músculo de nuestras cuerpas, es necesario entrenarla, educarla y para ello hay que trabajar constantemente para mantenerla firme y en forma. Para educar nuestra voluntad hay que ir gradualmente saliendo del modo piloto automático para entonces lograr establecer prioridades y desarrollar estándares claros de autocontrol, para ello es necesario cultivar nuevos conocimientos mediante el diálogo, la investigación, la autocrítica y el cuestionamiento. Como diría José Martí “La educación [n]os hará libres”, y aunque el trabajo de educar a nuestra voluntad no tiene fin, sus beneficios no requieren de un título universitario para hacerse notorios. Estos ocurren desde el primer momento en que comenzamos a trabajarnos.  


    Siempre habrá una distancia entre el deseo y la voluntad, un potencial desacuerdo y es esto lo que nos puede causar confusión y conflicto. Pero esta discrepancia no sólo es normal, sino que es prudente. Sólo hay que resolverla en cada caso con mucho juicio y recordar siempre que ahí donde hay desacuerdo, la voluntad –educada– deberá tener siempre la última palabra. Para ejemplificar esto, tenemos dos escenarios posibles: por un lado, puede ocurrir que mi voluntad se imponga a mi deseo, como cuando tengo el deseo de acostarme con alguien pero decido no hacerlo, o cuando me acuesto voluntariamente con una persona aunque no me genere deseo. Por otro lado, podría ocurrir que el deseo domine a la voluntad, y que además atente contra la voluntad de otrxs, como en el caso de los delitos sexuales: el acoso, las violaciones, la pederastia. Este último escenario, en el que la voluntad es rebasada por el deseo, es el que tenemos que erradicar por medio de nuestra educación emocional, sexual y psicológica.


    Esta disonancia entre la voluntad y el deseo se produce cotidianamente en nuestros vínculos y no necesariamente con connotaciones sexuales: “Veamos esa peli de zombies aunque a mí no me gusten mucho”, “Cenemos hoy tacos veganos aunque a mí se me antoje más una hamburguesa”, “Vayamos a tal bar aunque yo prefiera quedarme en casa”. ¿Por qué, entonces, sentimos como algo negativo esta distancia entre voluntad y deseo cuando se trata del sexo? ¿Por qué no validamos la voluntad de las mujeres en torno a nuestras cuerpas y nuestra sexualidad cuando puede ir en contra de los deseos? Una mujer que voluntariamente dice “sí, va, quiero” contra su deseo no es una mujer violada –como dije antes, una violación sería imponer nuestro deseo por sobre la voluntad de otrx–,  ni una esclava sexual, ni es menos feminista, ni una alienada; puede ser una trabajadora sexual –luego nos aventamos ese round– pero también puede ser simplemente una compañera generosa y empática. También podría tratarse de una postura política, como se ha dado en algunos círculos feministas donde se empieza a plantear la postura del lesbianismo poítico, el cual implica la decisión de retirar a los hombres de nuestras redes erótico-afectivas aunque esto esté en contra del deseo.


    ¿Apoco no es liberador tener bien separadas las fantasías de los deseos y de la voluntad?  Esto nos permite tener más claro dónde enfocar nuestro trabajo para educarnos y transformarnos. Ya lo dije antes y lo volveré a decir cada que tenga la oportunidad: nuestro propósito como feministas no debería ser deconstruir nuestras fantasías y deseos, sino reconocerlas y trabajar para que todxs seamos libres de vivirlas sin juicios ni culpas, además de educar nuestra voluntad para revolucionar la manera en la que nos vinculamos con otrxs y así construir vínculos amorosos donde la comunicación, el respeto, el consenso y el placer sean nuestros cuatro pilares. Cancelar nuestros deseos y fantasías, como acostumbra hacer la sociedad patriarcal y algunas corrientes del feminismo, no es emancipador sino totalitario. 



    Les invito a dejar comentarios o mandarme un mensajito por alguna de mis redes para expresar dudas y continuar aterrizando juntxs estos conceptos.


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